La partería es un ejercicio político

Por Violeta Osorio y Francisco Saraceno

Por siglos el nacimiento fue un territorio de mujeres, mujeres abriéndose a la vida, mujeres acompañando, sosteniendo la vivencia, prodigando cuidados y generando entornos de salud y bienestar. Dentro de una cultura patriarcal sostener un espacio propio de mujeres, donde se reconocía su protagonismo, saberes y capacidades significaba un enorme grito de rebeldía, un espacio de resistencia a los embates de una sociedad misógina y machista que evidentemente no podía seguir en pie. La irrupción del varón en la escena del parto supuso la pérdida de poder y protagonismo de las mujeres en un hecho de gran trascendencia y trajo concepciones y resultados nocivos en la salud sexual y reproductiva de las mujeres y sus hijxs y por supuesto en su calidad de mujeres sabias y capaces reconocidas por la comunidad.

Los hombres conquistaron y colonizaron y así, en nombre de una falsa seguridad, y un supuesto status social, los nacimientos pasaron de manos de parteras que entendían y acompañaban el proceso fisiológico y su complejo entramado emocional y vincular a ser propiedad de varones que miraron con recelo un evento femenino, tan alejado de su vivencia y de tanta potencia sexual. Y sin más, tal vez movidos por el miedo, los prejuicios o la total ignorancia, o seguramente parados desde la misoginia que caracteriza la sociedad en la que hemos sido socializadxs, catalogaron de maquinaria fallada al cuerpo de las mujeres y de riesgoso e insano un proceso natural y fisiológico.  Con la apropiación por parte del varón, el parto cambió de escenario, los nacimientos fueron trasladados a las instituciones hospitalarias, que dentro del imaginario social y cultural son los templos de la ciencia y la seguridad y ante todo donde el varón se erigió como sumo sacerdote de la nueva religión. Y así la mujer pasó de estar en un territorio propio a ser un número más, una “invitada” a la que se le hace el enorme favor de dejarla ingresar a cambio de su obediencia y agradecimiento. El tránsito de la casa al hospital implicó la total pérdida de intimidad y consideración sobre las necesidades y expectativas de las mujeres quienes quedaron subordinadas a la comodidad y dictámenes caprichosos de los médicos. Llegó el varón y con él la patología y la enfermedad y así en poco tiempo las mujeres pasamos  a ser consideradas culpables de poseer una naturaleza suicida y caprichosa, que una vez más, como con aquella manzana pone en riesgo a toda la humanidad. Y aquellas imágenes de poder de mujeres pariendo como símbolo de vida y fuerza fueron enterradas y olvidadas y en su reemplazo apareció la imagen de una mujer postrada en una cama, angustiada, sufriendo, incapaz de atravesar la experiencia sin la intervención de otrxs, siendo tan sólo un campo de trabajo. Aisladas de sus afectos, entornos y red vincular, tratadas como enfermas, víctimas de intervenciones rutinarias e invasivas, sin voz ni voto, las mujeres tuvimos que reaprender a transitar lo que se supone es “el mejor día de nuestras vida”.

Pero no solo la mujer que pare perdió terreno,  la mujer sabia y capaz, reconocida por su comunidad, la partera, fue denigrada e incluso perseguida. Para que el varón pudiera tomar posesión del terreno conquistado, la partera tuvo que desaparecer o subordinarse al nuevo orden. Las parteras que opusieron resistencia fueron quemadas, excluidas, difamadas o forzadas a esconderse y negar su vocación.

El intento de acabar con la partería y por supuesto la cacería de brujas fue ante todo un asunto político, una lucha por acumular poder. Una vez más, el triunfo del médico (varón) frente a la partera (mujer) no se debió a los esfuerzos o méritos del primero, sino al sistema de privilegios con los que cuenta y el modelo que representa. La partera, además de ser mujer lo que ya la ubica en relación de desventaja y subordinación representaba una manera de entender y practicar la medicina como saber popular al servicio de la comunidad. La partera, no solo se dedicaba a la salud reproductiva y sexual de las mujeres, eran en realidad sanadoras, “mujeres sabias”, reconocidas como parte fundamental de sus comunidades. El médico por su parte, representa un modelo elitista y excluyente, en el que el conocimiento y sobre todo el acceso es reservado para unxs cuantxs y su supremacía se basa, entre otras cosas en la repartición desigual del poder que encarna el saber. La partera servía al pueblo, el médico responde a los intereses políticos, económicos y sociales de las clases dominante, en sus manos la salud lejos de ser un derecho se transformó en un privilegio.

 

Y así surgió una nueva manera de entender y ejercer la partería, bajo el ala del patriarcado, a la sombra de los médicos, siendo la mano que materializa los mecanismos de dominación y control impuestos sobre las mujeres y que les transmiten el mensaje profundo que el patriarcado busca grabar  “no pueden, no son aptas, la maternidad es sacrificio y dolor, su lugar es la obediencia”. Para seguir asistiendo y ser asumidas como profesionales las parteras tuvieron que firmar su subordinación al sistema médico hegemónico. Lo que hizo que una labor que tiene su origen más hondo en el privilegio de acompañar la vida nueva en su tránsito, de protegerla y cuidarla, que nació para ser sostén físico y emocional de cada mujer y su familia, se convirtiera  en el espacio para aleccionar mujeres, sentando las bases del modelo de madre que la sociedad patriarcal  espera de ellas y desplegar mecanismos de control tan profundos que dejarán huellas que las acompañarán a ellas y a sus hijxs  por siempre. De acompañar un evento íntimo, fundante y fisiológico, pasamos a controlar, ejercer poder y perpetuar el status quo. Cambiamos la figura de la mujer sabia y cálida por el burdo abuso de poder, donde quien “cuida” se erige en juez/a y dueñx de la verdad y se arroga el derecho de decidir sobre el cuerpo y la vida de quien se supone está siendo cuidadx.

Nació obstetricia (porque después de la virulenta campaña de desprestigio social llamarse partera o dedicarse a la partería resulta indeseable), una de las especialidades médicas donde el patriarcado se expresa con mayor contundencia.

Al tratarse justamente de una especialidad vinculada directamente con las mujeres, subyace la idea de que ellas siempre necesitan de la tutela del varón, el sistema médico hegemónico o el estado para tomar decisiones, su autonomía es solo una frase políticamente correcta. Culturalmente hemos acordado que está bien y es lo que corresponde que el/la profesional de la medicina se arrogue el derecho a decidir sobre las mujeres y sus hijxs y en caso de no obtener su obediencia está habilitadx para tomar conductas aleccionadoras. Obstetricia, junto con ginecología y pediatría son  especialidades en la que, aun yendo en contra de toda evidencia científica, permanentemente se realizan diagnósticos y se toman conductas médicas basadas en los prejuicios, subjetividades y preferencias personales de lxs profesionales de la salud. Especialidades que se rigen por la costumbre y el “yo creo que…”.  Y en las que además se prioriza la comodidad y necesidades de lxs profesionales en detrimento de la salud y el bienestar de las mujeres y sus familias.

Pero la verdadera esencia de la partería es servir a la mujer, no al estado patriarcal y sus mecanismos de control y dominación o a las instituciones y corporaciones médicas y sus intereses económicos y de poder. Ante cualquier disyuntiva la partera siempre debería preguntarse, cuál es el bienestar e interés de la mujer y velar por el.  La partería nació para cuidar y favorecer el bienestar emocional, físico y psicológico de la mujer y su familia, darle apoyo y sostén en un momento de gran trascendencia y garantizar su acceso a derechos.

Como profesionales, podemos elegir, en eso radica nuestro poder, podemos elegir una atención basada en abusos de poder, despersonalizada  e invasiva en la que solo nos centramos en cuestiones clínicas y abordamos el cuidado como un hecho que sólo atañe a un aparente bienestar físico y establecemos vínculos verticales donde el control y el poder lo ostentamos nosotrxs, haciendo uso de los privilegios del ambo.

O podemos volver a ubicarnos en la sombra, respaldando y fortaleciendo a la mujer y su familia. Entender que no sólo se trata de cuidar el aspecto fisiológico del proceso sino ante todo de garantizar y favorecer el ejercicio de la autonomía. Es trabajar por un nacimiento en salud y bienestar, pero entender que eso implica mucho más que sólo dos organismos con signos vitales y sin daño aparente; salud y bienestar es que en el proceso cada mujer y cada familia gane en soberanía.

La experiencia del parto y dentro de ella nuestro acompañamiento deja una impronta imborrable en cada mujer, su cuerpo, su sensación como madre, el vínculo con su hijx y por supuesto en la  vida de cada bebé. Para nosotrxs nunca puede ser un nacimiento más, porque para cada familia significa SU nacimiento, único e irrepetible y la posibilidad de acompañarlxs en ese momento supone un enorme privilegio que nunca debemos perder de vista, somos invitadxs a la fiesta de la vida, pero jamás como protagonistas.

Con cada nacimiento que acompañamos tomamos nuevamente esa decisión. Podemos acallar y silenciar (no te toques, no grites, portate bien) o podemos favorecer la libertad, el poder y la conciencia. El parto es un rito de pasaje en el que transmitimos un mensaje que perdurará más allá del momento en sí, subordinación o autonomía, esa es nuestra elección.

5 Replies to “La partería es un ejercicio político”

  1. Me encanta su publicación. Ojalá muy pronto seamos más.
    Soy amatrona Madre de 2 (1 cesarea, que hace algun tiempo considero innecesaria y un parto vaginal que fue natural hasta los 9 cm.)
    Emocionadisima leo tus palabras proque recientemente me he involucrado con la.salud natural de.la mujer, el feminismo, la lucha contra el.patriarcado y el machismo imperante.
    Siendo más haremos un mundo con más amor, por ende con menos violencia y mas civilizado. Sólo debemos reconocer la importancia del inicio de la vida.

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