Presunción de seguridad

Por Violeta Osorio

El actual modelo de atención perinatal dominante se basa en la idea de que la institución y las intervenciones incluso las más agresivas son seguras y salvan vidas per se. Un modelo de atención que gira en torno al riesgo como concepto dominante y en el que la salud y el bienestar solo se entienden como “organismos con signos vitales y sin señales aparentes de daño”.

El proceso histórico de la institucionalización de los nacimientos guarda en sus orígenes resultados devastadores y concepciones nocivas que nos acompañan hasta hoy en día y que toleramos en nombre de la seguridad prometida. Sin embargo, en el momento en que los nacimientos ingresaron a las instituciones de salud no había ningún tipo de evidencia que demostrara, ni siquiera que sugiriera que era una opción más segura o sencillamente segura, tan solo fue una creencia que aceptamos masivamente atravesadxs por un discurso del miedo y el status social. Lo aceptamos ciegamente en aquel entonces y aún hoy lo hacemos. No hubo pruebas y sin embargo se lo asume como la única opción segura.

El ingreso de los nacimientos a las instituciones de salud no disminuyó el índice de la morbi-mortalidad materno-neonatal como nos han querido hacer creer. Por el contrario este hecho trajo en un primer momento un drástico aumento en la mortalidad materna a causa de la fiebre puerperal producto de la negativa de los médicos a lavarse las manos, quienes pasaban de ver cadáveres en la morgue a asistir nacimientos sin escalas, eso sin contar los efectos adversos que trajeron consigo la alteración de elementos vitales en los nacimientos, como puede ser la intimidad, la libertad (de movimiento y expresión) y el acompañamiento y sostén emocional. Y por supuesto, actualmente presenta riesgos propios como es un mayor índice de iatrogenia e infecciones intrahospitalarias.

El descenso de estos índices está directamente relacionado con procesos socio-culturales que mejoraron la calidad de vida de las personas, el correcto e idóneo seguimiento del embarazo y los avances médicos y científicos, para los casos donde son realmente necesarios.

Pero tal vez lo más peligroso de esta creencia, no es tanto lugar físico (que ya es bastante) sino la imagen que construimos en torno al parto. De la misma manera que  la institución se asumió como la única opción segura,  el modelo de atención propuesto por la institución se convirtió en la única imagen posible. Es así como socialmente concebimos el parto como un evento médico, traumático y peligroso, cargado de intervenciones, equipos médicos, ambiente hospitalario y frío y una mujer restringida en su libertad (protagonismo, movimiento, expresión, decisión). La imagen del parto institucional se convirtió en la imagen del parto a secas, esa que todxs damos por sentada y que es el paradigma con el que se mide cualquier otra opción.  .

¿Cómo revertir el modelo de atención institucional si no se cuestiona el hecho de que su existencia se basa en creencias y no en evidencia?, ¿si no aceptamos que la institución nunca probó ser un lugar seguro, sino que tan solo lo asumimos de esa manera?, ¿si partimos de una creencia sin sustento porque no empezar a pensar realmente si la institución es el mejor lugar para acoger los nacimientos?

Pareciera no existir ningún tipo de interés científico en demostrar la seguridad de la institución, porque socialmente lo hemos dado como el hecho irrefutable, la verdad máxima y la norma universal. Es muy interesante observar como la ciencia ha ido demostrando que la mayoría de los supuestos del modelo perinatal dominante son falsos, que los cambios que se hicieron en el tránsito de la casa al hospital han traído resultados nocivos y sin embargo aún no se cuestionan los cimientos en si. Veamos algunos ejemplos: durante el proceso de institucionalización de los nacimientos la atención de los procesos sexuales y reproductivos de las mujeres pasó de la mano de parteras a médicos obstetras (varones) sin embargo la evidencia científica ha demostrado que la partera es la profesional idónea para la atención de los partos y embarazos y que la figura del obstetra debería estar solo para casos de instrumentalización y cirugía y además que la atención de parteras disminuye el índice de intervenciones y provee mayor sostén emocional. En el tránsito a la institución se perdió el carácter íntimo y familiar del proceso, la mujer fue aislada de su entorno y la familia considerada un estorbo y reemplazada por el personal médico, sin embargo nuevamente la ciencia demostró que el acompañamiento emocional y familiar tiene un impacto positivo en el desarrollo del proceso en sí y por supuesto frente a la vivencia subjetiva de la experiencia. La atención institucional propone un modelo donde entre mayor protagonismo y comodidad tenga el equipo obstétrico y más rápido resulte el proceso es mejor y más seguro, sin embargo la evidencia ha demostrado que la pérdida de protagonismo de la mujer, su libertad y autonomía ha supuesto equiparar la experiencia del parto a situaciones de violación y abusos y que el respeto por los tiempos fisiológicos y emocionales del nacimiento no solo favorece el desarrollo del mismo sino que otorga a la mujer mayor sensación de satisfacción y empoderamiento frente a la vivencia. En este proceso también el regazo de la madre y el contacto ininterrumpido dio paso a los controles neonatólogicos invasivos y crueles realizados en total separación y a las salas de neonatología, la evidencia demostró la importancia para cubrir las necesidad fisiológicas, emocionales y psicológicas de la díada madre-hijx de este contacto ininterrumpido y piel con piel incluso en casos de bebés con patologías graves. Y por supuesto la evidencia ha demostrado que el parto planificado en domicilio es igual de seguro que el parto en institución pero que además tiene un menor reporte de intervenciones y un mayor reporte de bienestar materno-fetal y de satisfacción con la experiencia, podríamos decir entonces que tiene más elementos a favor frente al parto institucional… y aún así, frente a toda esta evidencia seguimos sin cuestionar profundamente si la institución es un lugar idóneo para acoger los nacimientos.

La presunción de seguridad de la institución en la atención perinatal se basa en la disponibilidad de equipos médicos (léase máquinas e insumos), quirófano y demás tecnología de alta complejidad. Sin embargo la sola presencia de estos elementos no es garantía nada, es indispensable su correcto y oportuno uso (léase personas)  y de hecho el que esté tan a mano ha llevado a su uso indiscriminado, con todos los efectos nocivos que eso conlleva, pero además que vinculemos la salud a la necesidad de alta complejidad ya nos da un indicio de cómo se concibe su atención.

Es hora de empezar a hacer preguntas incómodas: ¿siempre y bajo cualquier circunstancia es seguro parir en una institución?, ¿es posible ingresar en ellas sin tener que resignar, ni negociar nada?, ¿es viable hacer transformaciones profundas en el modelo de atención dominante sin cuestionar el lugar físico?, ¿a qué llamamos seguridad?, ¿qué nos mueve a elegir una institución y qué tan libre es esa elección?, ¿qué tan atravesadxs por el discurso del miedo estamos?, ¿que entendemos por riesgo? y más importante aún, ¿qué entendemos por salud y bienestar?

Hay cuestiones tanto objetivas como subjetivas indiscutibles, ingresar en un espacio diseñado y concebido para acoger la enfermedad, cuyo funcionamiento y organización se basa en la funcionalidad y eficacia para tratar la emergencia,  patologiza el proceso y ubica a la mujer y su familia en relación de dependencia al poder y saber médico, con lo cual insisto, ¿ es verdaderamente la institución médica el lugar óptimo para que ocurran los nacimientos? Según índices de la OMS (un organismo bastante conservador) el 85% de los nacimientos se dan en salud, ¿no deberíamos pensar entonces, que el ingreso a la institución debería ser la excepción y no la norma?

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