Gritos de libertad

Ilustración de Amanda Greavette

Por Francisco Saraceno y Violeta Osorio

Ella se mueve, se ensancha, se hace pasaje y túnel, no hay límites, no hay reglas solo el mar que la envuelve. Toda su química trabajando en conjunto con la de su hijx para tejer el  encuentro, sus músculos fuertes, capaces que dan paso a la vida nueva, sus organismos entretejidos en una danza perfecta que desde tiempo inmemoriales sabemos bailar. Y  así se hace el grito, arrollador, salvaje, todo lo toma, no pide permiso solo es. Y en ese grito ancestral, profundo, primigenio se escucha toda la potencia de la humanidad. Ese grito insumiso de libertad que da cuenta de toda su fuerza y todo su poder, indomable, imparable: Pude parir, puedo todo!  

Socialmente hemos aprendido que el grito es una expresión que debemos silenciar e invisibilizar. Asociado siempre al miedo, el sufrimiento, la angustia o la violencia. Tenemos dos opciones, gritamos porque padecemos o lo hacemos porque somos violentxs. En cualquier caso, el grito nos moviliza a acallarlo y para hacerlo está legitimado incluso el uso de la fuerza y el abuso.

Por su parte, producto de las historias familiares, los medios de comunicación y el modelo de atención perinatal dominante, asumimos el parto como un evento traumático, difícil, angustiante. Un proceso peligroso que exige sacrificio materno y del que mujer y bebé saldrán sanos y salvos gracias a la intervención médica.

Es por esto que cuando imaginamos un grito en un nacimiento, lo que se nos viene a la mente es la imagen de una mujer desencajada que padece cada segundo, sobrepasada por una experiencia hostil y traumática, un compañero (porque el mundo lo pensamos siempre heteronormado) abrumado ante tanta angustia y sufrimiento y un equipo obstétrico (los héroes de la noche y protagonistas del evento) que parece estar en medio de una catástrofe y que  tiene permitido invadir el cuerpo de la mujer e incluso maltratarla con tal de acallar ese grito.

Desafortunadamente esta imagen no dista mucha de la realidad que el modelo de atención perinatal dominante impone y que rige de la gran mayoría de los nacimientos, en los cuales el grito no solo está mal visto, sino que el silencio y el aguante se premia, al punto que muchas mujeres empiezan el relato de sus partos con un: “yo no me porté bien”  o “al final todxs me felicitaron por lo bien que me porté”. Pareciera que el sistema médico hegemónico, en lo que a la atención al nacimiento se refiere buscara la inexistencia de las mujeres, que no estorben, que no se las escuche, si es posible que parezca que ni están, para poder trabajar cómodamente.

Hay gritos de poder y libertad y  gritos de angustia y miedo. Gritos que  exclaman YO PUEDO y gritos que solo piden que se termine ya y lo que los origina en un nacimiento, no es la intensidad del proceso en sí, sino el entorno y el acompañamiento que esa mujer tiene.

Una mujer que es la protagonista y que pare acompañada y sostenida emocionalmente, que siente la total libertad de seguir el impulso y ritmo de su cuerpo, que se expresa sin miedo ni pudor, que se desnuda cuando lo siente, se toca si lo quiere, pide compañía y pide soledad cuando lo requiere; que tiene la absoluta certeza de que nada sucederá sobre ella o su hijx sin que ella lo autorice; que es rodeada por personas que creen firmemente en su capacidad y la de su hijx para a travesar el proceso y que están ahí, a su lado para lo que ella necesite y desee y no para lo que ellxs impongan o decidan. Y podrán haber momentos de dolor y duda, en los que parezca que la intensidad es insostenible, pero también habrá momentos de mucho placer y confianza, de saberse fuerte y poderosa, de reir y emocionarse ante la inminencia del encuentro. Y habrá gritos, gritos salvajes y ancestrales, gritos de libertad y alivio que dan cuenta la capacidad infinita para atravesar el proceso. Gritos donde se reconoce dueña de su cuerpo, de su vida, indomable e insumisa. Gritos que despliegan todo su poder

Y es esa potencia, esa imagen poderosa y salvaje lo que el sistema hegemónico busca acallar. Porque una mujer que pare en libertad, consciente de su fuerza y capacidad. Una mujer, que en el acto de parir se pare a sí misma y  se subleva ante todos los mandatos que desde niña le inculcaron (se buena chica, sacrifícate, pare con dolor…)  y se descubre gozosa y sin miedo o vergüenza de vivir todo su poder es una imagen que atenta contra el status quo y  que una sociedad patriarcal y misógina no puede soportar, su sola existencia atenta contra sus cimientos.

El sistema de atención perinatal dominante ha robado el poder de los nacimientos y les ha hecho creer a las mujeres que están enfermas y son débiles. Ha convertido los gritos de libertad en silencios del miedo y la violencia, susurros sordos y ahogados que incluso años después de la experiencia siguen dejando heridas imborrables en toda la sociedad.

Pero cada mujer que pare en libertad, consciente de su fuerza y poder y cada bebé que llega al mundo en una celebración profunda de su vida son una revolución imparable, una nueva oportunidad de erradicar una cultura violenta y machista.

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