Yo quiero parto natural, siempre y cuando mi bebé esté bien….

Por Violeta Osorio

¿Qué lleva a una mujer a sentir la obligación de hacer esta aclaración?, ¿qué hace que como sociedad y como mujeres creamos que existe la chance real de que prefiramos un parto (por poner un ejemplo) aunque eso signifique la vida de nuestro hijx?

El lenguaje no es azaroso y las frases hechas tienen poco inocentes y casuales… no son solo “una forma de decir”, por el contrario expresan toda una estructura de pensamiento profundamente arraigada.

Desde niñas, las mujeres somos socializadas en la creencia de que nuestros deseos, expectativas y necesidades son meros caprichos, esa es la voz que introyectamos y que nos acompaña siempre. Queremos cosas superficiales o sin sentido, es parte de nuestra naturaleza. No pensamos bien, no razonamos lo suficiente, solo sentimos (de esa manera histriónica, exagerada y voluble propia de nuestro género). Y así llegamos a la vida adulta sin saber que deseamos profundamente y con mucho miedo a descubrirlo. Nuestras expectativas, nuestras sensaciones son nuestras enemigas, nos convierten en seres poco confiables y hacen que no estemos completamente en condiciones de tomar decisiones importantes, eso aprendimos.

Es por eso que cuando empezamos a intuir que tenemos deseos y necesidades concretas para nuestros partos, más allá del correspondiente “están sanitxs los dos” después de dudar de nuestra cordura y capacidad, nos vemos en la necesidad de aclarar y mostrar y demostrar que entendemos a cabalidad que aquí “lo que importa es que el bebé esté bien” . Que aunque tenemos expectativas estamos preparadas para ser buenas chicas y ante cualquier eventualidad (aunque sea “por si acaso”) estamos absolutamente dispuestas a obedecer y acatar sin chistar. En nosotras encontrarán dóciles pacientes por nuestro propio bien y el de nuestrxs hijxs. No importa que tanto nos hayamos informado para plantear nuestras demandas, que tan seguras creamos estar, en el fondo opera con toda la potencia una de las creencias más arraigadas del patriarcado: las mujeres no estamos en condiciones de tomar decisiones autónomas, requerimos de la tutela del varón o el profesional de la salud, sin ellos somos presas de nuestra naturaleza hormonal, caprichosa y suicida

Pero esta creencia, por supuesto no viene sola. Vivimos en una cultura que considera la maternidad como un rol que exige de nosotras alto grado de sacrificio y abnegación, no hay “buena madre” posible sin sufrimiento, resignación y renuncia constante de nuestro bienestar y necesidades . Para esta cultura, no existe la maternidad (como concepción) elegida, gozosa y plena. Por el contrario se trata de un “estado” impuesto por designio de género y que nos anula en nuestra condición de mujeres-personas y en el que ante todo nuestro bienestar estará siempre en pugna con el bienestar de nuestrxs hijxs, son dos realidades antagónicas. ¿Cómo concebir entonces un parto en el que seamos protagonistas, que podamos disfrutar y vivir en plenitud sin sentir que esto significa una sentencia de muerte para nuestrxs hijxs? ¿cómo asumir que deseamos y necesitamos sin sentirnos por eso egoístas y negligentes? El parto se ha convertido en ese trámite tortuoso y angustiante que debemos pagar para devenir madres, la prueba de sangre y fuego que demuestra nuestra valía materna. Nuestro bienestar solo importa en tanto y en cuanto podamos ejercer correctamente el rol para el que hemos sido destinadas por portación de genitales.

En esta sociedad, las mujeres nos sentimos en la obligación permanente de demostrar que somos dignas de confianza, que reconocemos nuestra débil naturaleza y podemos hacerle frente, lo que nos hace aptas para tomar decisiones racionales y responsables Y aún con una voz que nos grita desde adentro que aquello que se nos impone es violencia y abuso aceptaremos para demostrar nuestra valía y capacidad materna, para eso hemos sido educadas.

Y por si fuera poco, socialmente el parto se asume como un acto médico, lo que hace que lo asociemos a un evento patológico, un proceso que puede de la nada y en cuestión de segundos transformarse en una emergencia de proporciones enormes y que deja a su paso muerte y destrucción. Nos sabemos embarazadas y de manera más o menos consciente nos preparamos para lo peor.

Y como las palabras no vienen solas la imagen común y naturalizada que tenemos del embarazo, es una panza sin cuerpo ni cabeza, a los sumo dos manos amorosas que protegen al/la bebé, una imagen que nos anula e invisibiliza, no existimos, no somos importantes, tan solo portamos “la panza”. Lo interesante es que esta imagen se suele repetir incluso en aquellas publicaciones que pretenden difundir los derechos en el parto y nacimiento o visibilizar la violencia obstétrica lo que sigue transmitiendo el mensaje implícito de “ todo bien con la modita del parto respetado y el temita de los derechos, pero aquí lo que importa es el bebé”

Por supuesto desde el desconocimiento, el miedo y la información sesgada o tergiversada las mujeres podemos tomar decisiones que vayan en detrimento de nuestro bienestar y el de nuestrxs hijxs, pero no hay capricho o superficialidad en ello, por el contrario son decisiones mediadas por el deseo de darles a nuestrxs hijxs lo que creemos es “lo mejor”. Y ante todo, en gran parte, de esas elecciones que nos ponen en riesgo, es responsable directo el sistema de salud dominante, sus prácticas rutinarias, invasivas y nocivas, su paternalismo, su tendencia a priorizar la comodidad y necesidades de lxs profesionales por encima de lxs usuarixs y su inclinación a retacear información para poder seguir ejerciendo poder.

Pero seguir sosteniendo de manera más o menos consciente que las mujeres, por el mero hecho de serlo, tenemos la tendencia a tomar decisiones caprichosas y egoístas, razón por la cual debemos demostrar permanente nuestra valía materna y nuestra racionalidad, es seguir perpetuando una visión misógina y machista, que demuestra hasta que punto hemos introyectado al patriarcado.

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